Venecia, una ciudad que enamora

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Venecia es uno de esos lugares privilegiados que todo el mundo conoce mucho antes de haber ido. ¿Quién no tiene una idea, una imagen preconcebida de esta enigmática ciudad anclada en medio de una laguna? Ha sido descrita, fotografiada y pintada miles de veces. Poblaciones y capitales tan distintas como Aveiro, Bangkok o Estocolmo han sido comparadas con ella y sin embargo ninguna, ni remotamente, se le parece. La impresión que provoca, ya sea por primera vez o por enésima vez, es invariablemente distinta y sobrecogedora. Se puede llegar en tren a la estación de Santa Lucía o por la carretera a la plaza de Roma pero la mejor forma de hacerlo es siempre por el mar, descubriendo poco a poco sus característicos perfiles hasta llegar de pronto a la majestuosa plaza de San Marcos, casi siempre plagada de turistas, a veces convertida en una gigantesca piscina, otras en un magnífico salón de baile.

Aunque ya en el siglo I antes de Cristo, se denominaba Venetia a una región administrativa del Imperio Romano que abarcaba la actual Venecia, Friuli y Trentino, tuvieron que pasar al menos 10 siglos para que naciera el embrión de la Venecia que hoy conocemos. Antes, en el 828, los hombres de la laguna, habían traido desde Alejandría el cuerpo de San Marcos el Evangelista, convirtiendo su emblemático león alado en el símbolo de un joven y ambicioso Estado que pretendía independizarse del poder bizantino. No tardaron en instituirse las primeras formas estables de gobierno y así las Islas Realtinas y Rivoaltus (Rialto), su centro administrativo, se convirtieron en Venecia. A partir de entonces su poder y su capacidad de expansión crecieron hasta límites insospechados, convirtiendo a la ciudad en una gran potencia económica y política que llegó a dominar gran parte del Mediterráneo.

Lo primero que la atención cuando se llega a este enorme laberinto en el agua, es su increíble riqueza arquitectónica. La humedad y el tiempo han hecho estragos en sus fachadas pero no por ello dejan de ser impresionantes los cientos de palacios y casonas que bordean los canales. Han sido construidos en los estilos más diversos y utilizando particularismos que nos hacen difícil cualquier intento de clasificación.

En Venecia todo es milagrosamente distinto. Los arquitectos tuvieron que hallar soluciones específicas por asegurar la ligereza y agilidad de los edificios con unos cimientos constituidos por una serie de pilotes hincados en el inestable terreno de los islotes de la laguna. La influencia oriental, los vínculos con Bizancio fueron muy fuertes y han dejado su intensa marca tanto en la decoración como en ciertas formas arquitectónicas. Por otro lado hay que tener en cuenta la estructura urbana, caracterizada por una clara distinción entre las vías de agua (canales) y los itinerarios peatonales que toman nombres tan diversos como “campo” (plaza), “fondamenta” o curiosamente “calle”.



El gótico, el barroco o el neoclásico veneciano tienen un brillo, una gracia, un encanto difícil de definir que los hace únicos en todo el contexto europeo. En Venecia hay pocas estatuas monumentales en los “campi”, salvo la dedicada al condotiero Colleoni, pero abundan en cambio los pozos decorados según el momento de su construcción. Destacan los “campanile” de las iglesias pero igualmente llaman la atención las curiosas chimeneas de las casas, sobretodo las que tienen forma de campana invertida.

En Venecia hay tantas maravillas en sus seis “sestieri” o barrios que se siente una imperiosa necesidad de perderse en sus callejas, de dejarse llevar por el instinto a través de sus puentes, callejones y riberas, teniendo la seguridad de que si se desea volver en algún momento a San Marcos o rialto, los dos centros neurálgicos, siempre encontraremos una indicación que nos conduzca fácilmente hacia ellos. Da igual seguir un itinerario concreto, es imposible abarcar todos sus puntos de interés y cualquier iglesia a la que entremos nos descubrirá, echando alguna moneda de 50 céntimos, alguna obra maestra de Tiziano, Bellini, Carpaccio, Veronés o Tintoretto. Hay docenas de museos pero muchos hoteles o casas particulares a lo largo del Gran Canal, merecerían serlo también. El elemento más sencillo se puede convertir en una obra de arte, como las cenefas de piedra que coronan las casas o los “palines” o pilotes de amarre, señalando, según sus colores, la pertenencia a una familia concreta.

De pronto surge la tentación de revivir la Venecia de Tomas Mann, o mejor dicho Visconti, y dejarse llevar hasta el Gran Hotel des Bains en le Lido. O vivir la Venecia del Festival de Cine paseándose por los ambientes neomoriscos del Hotel Excelsior antes de acercarse al Palacio del Festival que todavía mira hacia el Adriático antes de que Moneo lo coloque frente a San Marcos. Todo está siempre preparado para que cualquier sueño personal encuentre su cómplice en una ciudad que a pesar de los pesares sigue dramáticamente viva. Sólo residen permanentemente en ella unas 70.000 personas pero muchos cientos de miles se acercan cada día para poner en movimiento este sofisticado engranaje que exige que todo llegue a través del agua y que nunca falte de nada.

Venecia es también la ciudad de Marco Polo del que se conserva su casa familiar, y la de Casanova que frecuentaba el Florian y las mazmorras del Palacio Ducal, a las que se llega a través del Puente de los Suspiros, uno de los lugares tópicos pero al que irremediablemente se vuelve en cada viaje. Se puede ver desde Riva degli Schiavoni pero quizá lo mejor sea contemplarlo desde abajo, en una góndola, aunque sólo sea una vez.

Venecia, a diferencia de otros centros turísticos, provoca en ciertos visitantes un deseo de volver, incluso mucho antes de haberse ido. Volver para entreabrir esa ciudad secreta, diferente, que se intuye pero que parece estar protegida de la mirada del forastero primerizo que sólo quiere comprobar que la Venecia que conocía de antemano existe en realidad y aún no ha desaparecido bajo las aguas del mar Adriático. Hay que tener tiempo y paciencia para descubrir esa otra ciudad, mucho más humana y popular que poco tiene que ver con la espléndida escenografía de la plaza San Marcos. Se puede encontrar en pleno Castello, muy cerca de los jardines de la Bienal, en San Pedro di Castello, atravesando un sencillo puente de madera. Allí se abre un amplio “campo” al borde del agua, desbordante de vegetación, rodeando a la monumental iglesia. La vida es tranquila, se respira un ambiente de pueblo y sus gentes aun se dedican a pescar y reparar pequeñas embarcaciones. También se puede encontrar la Giudecca, esa isla en forma de espina de pez, donde se construyó en los años 50 el fastuoso Hotel Cipriani y que permanece alejada de cualquier contaminación turística. En ella hay 2 maravillos iglesias de Palladio que casi ningún turista suele visitar. En las tascas o “bacari”, los precios de la Venecia de San Marcos se reducen a un tercio, pese a que todavía mantiene un aire señorial y algunas grandes mansiones donde veraneaban los ricos patricios venecianos. También hay algunas sorpresas, como la fábrica de tejidos Fortuny o el Molino Stucky, ambos aún en funcionamiento.

Nadie se imagina que en Venecia se puede encontrar arquitectura contemporánea de primer orden y sin embargo Carlo Scarpa ha dejado tantos trabajos excelentes que por si soloes merecerían un monográfico. Un recorrido rápido debe comenzar en la Facultad de Arquitectura, enclavada en el monasterio de San Nicccolo da Tolentino para administrar su perta de entrada, luego se puede visitar el sorprendente jardín de la Fundación Querini-Stampalia restado en los años 60, y terminar en el pabellón de Venezuela de la Bienal.

A Venecia se puede venir en Carnaval, cuando miles de máscaras se reflejan en el agua. En 1980 se recuperó una tradición que había tenido en 1797 su último grandioso canto de cisne. Fue la última vez que se celebró en una Venecia dueña de si misma, libre de interferencias extranjeras. Los venecianos celebraron con el Carnaval la llegada de Napoleón que “recompensó” a la ciudad aniquilando para siempre cualquier atisbo de independencia. Otra fecha culminante en su calendario es la Bienal (desde Primavera al Otoño) en los años alternos. En cada convocatoria recibe encarnizadas críticas pero siempre llega cargada de sorpresas y escándalos, reuniendo en los pabellones y en muchos rincones urbanos, lo más representativo del panorama mundial de las artes plásticas y de la arquitectura. En cualquier época y circunstancia, sin embargo, Venecia permanece igualmente arrebatadora, capad de enamorar al más desdeñoso y altivo.

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