Viaja barato a Londres, la ciudad de las mil caras

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Extraña atracción la de los extranjeros por Londres. Largos fines de semana, puentes y acueductos festivos convierten esta cosmopolita ciudad en un hormiguero de visitantes ávidos por devorar los circuitos turísticos preparados por las agencias de viaje (como e-dreams, que puedes ver aquí), las recepciones de los hoteles y las guías de “véalo todo en 48 horas”.

Oxford Street y sus tiendas en las que se habla de todo menos inglés. Harrolds y la irreprimible tentación de salir cargados con sus bolsas de plástico verde y unos cuantos cientos de euros menos en los bolsillos (o libras, en este caso). Picadilly Circus y su troupe de retratistas, la plaza de Trafalgar, el Museo Británico y las tiendas de jerseys anexas. El Big Ben y las Casas del Parlamento, el cambio de la Guardia, alguno de los musicales y una cerveza en cualquiera de los miles de pubs que inundan la fisonomía de la ciudad, son puntos de destino casi obligado para el visitante primerizo de esta capital del mundo.

Pero eso es simplemente la capa superficial de una urbe inmensa a la que hay que rascar un poco más para explorar su inmenso potencial. En Londres hay decenas de Londres diferentes que uno puede descubrir si tiene ganas de dejarse cautivar por sus encantos y atreverse a ir más allá del mero recuerdo de las compras, el sabor amargo de las pintas de ale o bitter o la extraña textura de los hojaldres de riñones.

Pasar una velada en Kenwood, en pleno parque de Hampstead, una de las zonas del norte de la ciudad con más encanto, tomando un picnic sobre la hierba mientras se oyen los sonidos de la orquesta, es uno de esos placeres íntimamente unidos al estilo londinense. Hampstead, al norte de la ciudad, es una de las zonas de mayor encanto, elegido desde hace mucho tiempo por artistas y escritores como lugar de residencia. Aquí vivió el poeta Keats -cuya casa-museo merece una visita- y en su cementerio hay muchos de sus ilustres moradores enterrados en el conocido como “el rincón de los artistas”.

Una de las primeras cuestiones que un visitante debe tener en cuenta en Londres es que, como en un noviazgo, se necesita tiempo para conquistar y disfrutar a fondo lo que esta ciudad ofrece. A Londres hay que llegar con la convicción de que va a terminar enamorándose a medida que se la vaya conociendo más, y de que su esencia y lo que termina por enganchar -excepción hecha del tiempo y de la primera impresión que producen los londinenses- están en los descubrimientos que uno puede ir realizando personalmente.

Gladstone, los famosos autobuses rojos de doble piso, la catedral de Westminster -o la de San Pablo-, el Támesis, los innumerables campos de fútbol y centros deportivos, la inmensa torre plateada de Canary Wharf, las mejores universidades del mundo Oxford y Cambridge… Hay tanto por ver en Londres que por algo la llaman, “La ciudad de las mil caras”. Una ciudad mágica, cosmopolita e intimista, tranquila y excitante, cuya verdadera esencia aparece cuando uno se decide a descubrirla. Sin duda, le encaja bien la definición de H.G. Wells, el autor de “La Guerra de los mundos”:

La más interesante, bella y maravillosa ciudad del mundo, delicada en las multitudinarias cosas pequeñas y estupenda en su totalidad.

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